Sospecho que si viviese en un lugar donde para el cielo llover fuese una rutina, o Blogger acabaría cerrándome la cuenta, por pesada, o me desgastaría la yema de los dedos y por fin aprendería a escribir a ordenador.
Creo que la lluvia debería de ser por las noches, a eso de la una. Que todos nos arremolináramos en la ventana y la viésemos caer, recordando todo lo malo del día. Que luego saliese de nuevo la luna y nos dedicase su sonrisa. Incluso un par de estrellas. Entonces creo que podría no acordarme de tantas cosas que me asaltan hoy de repente. Entonces, creo que mi vida sería un poco más simple. Nada de pelo mojado y ropajes empapados. Nada de mirar alrededor y pensar ¡Solo es agua! Mientras el resto corre.
Creo que es por el sitio. Sospecho que en los lugares lluviosos pase como en Londres, que la gente mira al cielo, se encoge de hombros y continúa caminando. Donde la hierba es verde de verdad.
He descubierto que ya no me gusta tanto el clima de este pequeño sitio. En este lugar, pequeño islote urbano en medio de campo de grano, los días no tienen término medio. Llueve de repente cada cinco días, pero dura cinco horas. La gente, corre despavorida, los soportales se llenan de asustadizos acuáticos. Se ponen tristes, como yo. Realmente, los palentinos no estamos hechos a la lluvia. A esta gente no le importa el frío. Siempre tenemos abrigo a mano. El calor se arregla rápido: piscinita y a correr.
Aquí, los helados se venden en julio, en agosto. El resto del año se lleva el cocido, las hojas otoñales y los niños y sus bufandas. Aquí, la nieve es un acontecimiento.
Aquí, a la gente no le da miedo que se le quede la boca fría, por eso en enero se lleva mucho el sonreír. Aquí, el patrón puso la fiesta para que nos pusiésemos chaqueta. No es lo nuestro la manga corta. Realmente, aquí se llega a viejo con arrugas, porque el sol se recibe con una sonrisa. Las lluvias, se quedan al norte, en el mar. Ese sitio que nos atormenta, nos fascina y nos atemoriza. Ese sitio entre montañas.
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