Se había perdido en tantas ciudades, que ya no sabia cual de todas era la suya. Había vivido tantos sueños que ya no sabía cuantas nubes eran necesarias contar para dormir. El problema estaba en cerrar los ojos e imaginar su cara. Imaginar, que lloraba, por una vez, en su honor. Pero luego, levantaba la cabeza, miraba a el espejo de la esquina y se decía para sí misma aquellos versos de Extremo"se me habrá metido un poco de arena, eso no es para mí".
Quizás fuese su pelo. Ese que no paraba de cortar, peinar y cambiar. Cómo si fuese el culpable de todos los males. Cómo si el amor fuese algo tan ligero como una melena al viento. Cómo si un objeto envidiado por muchas cambiase el transcurso de todo este caos.
Caos. Ese que había llegado en el momento justo, en el instante en el que el mundo comenzó a girar demasiado deprisa para ella, el momento en el que el fracaso se asomaba por la puerta y tú no oistes su oferta.
Gritaste que no tenias miedo a perder. Por que sólo los cobardes tienen miedo. Pero sólo a los valientes les atrapa.

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