En su casa nunca hablaban de poder volar, ni de asteroides, ni de aeroplanos. En su casa, el mundo se reducía a las tierra que se pisaba, los viajes en coche y las estrellas que se veían, de lunes a viernes en la estación, antes de coger el tren que les provea de nuevo de su hogar.
El mundo giraba monotonamente mientras L jugaba a soñar, mientras, un día tras otro, crecía en su mente un desconocimiento absoluto de la certeza que todo el mundo a su alrededor poseía: No son buenos tiempos para los soñadores.
Quizás Amelie tuviese razón, pero para una persona como L, la realidad estaba incompleta, indisoluble de la gravedad, el dolor, la realidad, el deber y las apariencias, este mundo era, muy superficial para ese tipo de gente que vive en un subplano entre lo real y lo imaginario.
Quizás el resto estemos equivocados. Hoy miró a L con admiración, ya que ha logrado llegar a otro lado, al que sólo se puede cruzar aprendiendo a soñar. ¿Y tú, eres de esos que ven tan difícil soñar? Yo prometo aprender.
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