Se me fue la cabeza, me perdí en el tiempo. Ahora recuerdo cuando me enamoré, de un chico de esos que no pretende ni siquiera llegar a la vejez. Un chico de esos que no dejan de perder. Pero también de esos que te dedican una sonrisa por cada fallo, de esos que te hacen llorar, por ser incapaces de vivir cautivos.
De esos que no se peinan por no ser obscenos, que les preocupa muy poco el exterior. Esos que viven para ellos, por que ellos no pretenden que nadie les quite su vida. Uno de esos, que corre por las calles de esta ciudad, que arrasa con el paraje urbano con sólo una pisada en el asfalto.
Esos chicos que se creen lo suficientemente fuertes como para pensar que
Los que hacen de la vida una aventura y podrían salir pitando a la ruta 66 en cualquier instante. Un seh, nenaaaa! constante, mientras el resto del mundo se escandaliza.
Cuando me pregunto qué tenía aquello, que llenaba los días de azul y las noches de dorados, aquello que me hacía volar, me doy cuenta que todo universo necesita un cometa errante para mantener un orden. Que todos nos perdemos una vez, dos, tres, en la vida. Hasta que de lo perdidos que estamos, ilusos de nosotros, pensamos que nos hemos encontrado. Creo que lo más acertado es dejar de preguntarse, hacia donde vamos, de dónde venimos... que el ahora nos pide nihilismo, un espíritu salvaje, la necesidad de no preocuparnos, que tampoco nos importe ser eternos.
Pero ante esto, quizás sea más coherente pensar en mundos sencillos de armarios llenos de vestidos, un libro de amor en la mesilla y horarios fijos, de ocho horas.
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